El camafeo: una joya que perdura en el tiempo…

Siempre me llamaron la atención esas pálidas caritas mostrando su relieve sobre una concha de color almendrado. Pero no fue hasta que me casé y mi suegra me regaló un increíble juego de pendientes y broche, perteneciente a su familia desde 1860, cuando pude realmente apreciar en mi mano la belleza de estas piezas. Este juego había pasa-do por más de cinco generaciones de mujeres, y llegaba ahora a mis manos ante mi sorpresa y emoción.

¡Me resultaba tan curioso que las caritas de los pendientes se miraran la una a la otra! Me preguntaba cuál sería su origen o cómo era posible que una técnica tan antigua siguiera llamando la atención de tantas mujeres a lo largo de la historia. A mí perso-nalmente me entusiasman.

¿Os habéis preguntado en alguna ocasión dónde aparecieron los camafeos por prime-ra vez o cómo están realizados? Estas son algunas de las preguntas que yo me hice cuando tuve esas piezas en mis manos.

 

 

Un camafeo según el diccionario es, sencillamente, “el relieve obtenido al tallar una piedra preciosa”. Los hay realizados en ónice, ópalo, ágata, concha, rubí, esmeralda… El trabajo de tallado de estas piezas está realizado por lapidarios especialistas en el arte de aislar las capas del material base, a partir de un diseño dibujado previamente.
Pero para mí es mucho más que eso. Es sorprendente pensar que el procedimiento con que se fabrican era ya utilizado por los antiguos griegos que, a su vez, lo habían tomado de los persas durante las incursiones realizadas por sus ejércitos comandados por Alejandro Magno.

La técnica posteriormente llegó hasta los romanos, los cuales la utilizaron para deco-ración y joyería. Claro que encontrar una pieza de esta época es muy raro, pues sólo aparecen en subastas muy especializadas. Sabemos que por entonces era frecuente que los nobles llevaran anillos con camafeos, realizados en esmeraldas y rubíes de un tamaño no muy grande. Y también tenemos constancia de que los emperadores roma-nos los usaban frecuentemente como insignias en su ropaje. ¿Os imagináis a Octavio Augusto, con su toga imperial luciendo un camafeo de ágata…? ¡Increíble!, ¿verdad?

 

A finales del S. II d. C. esta moda desapareció, pasando muchos años hasta que esta técnica volvió a relucir en el Renacimiento italiano de la mano de los grandes coleccio-nistas de la época, como Lorenzo De Medici. Su influencia llegó hasta la corte francesa, donde Francisco I lució en numerosas ocasiones piezas de este tipo. Y, por supuesto, a Inglaterra donde Enrique VIII, en su pasión por este tipo de joyas, creó su propio taller para su realización. Durante este período fue frecuente que se buscaran piezas anti-guas de época romana para transformarlas y convertirlas en joyas más a la moda del momento. Al estar las piezas romanas montadas sobre bases de oro muy sencillas, se solían desmontar para volver a utilizarlas en broches más grandes, montándolos so-bre bases de oro con piedras preciosas para decorar capas de terciopelo, sombreros o lucir en el escote de alguna gran dama de la corte.

A raíz del descubrimiento de América entraron en Europa gran cantidad de nuevos materiales más exóticos para la realización de dichas piezas, como colmillos, jade, ám-bar o caparazones gigantes. Pero el descubrimiento más importante para esta indus-tria fue el de la concha Cassis tuberosa. Estas conchas eran muy adecuadas para este trabajo ya que se componían de capas de distintas tonalidades de color, lo que permi-tía dar a los relieves una profundidad y trasparencia desconocidas hasta el momento. La técnica se desarrolló en Italia, concretamente en Sicilia, pero de ahí pasó rápida-mente a la zona de Nápoles, extendiéndose pronto al resto del país. En pocos años muchos artistas italianos comenzaron a trabajar en Francia e Inglaterra, difundiéndose rápidamente esta práctica por toda Europa durante los siglos XVI y XVII.

En la época napoleónica los camafeos se decoraban principalmente con elementos neoclásicos, siendo muy frecuente que mostraran temas mitológicos o representaran a filósofos, emperadores o a nobles y personajes del clero de la época romana. Los mar-cos de alrededor, normalmente de oro, eran de una finura de ejecución y detalle ex-cepcionales, conocidos como roman seal setting. Estos camafeos eran frecuentemente montados como pulseras, con 3 ó 4 colgantitos, siendo conocidos como “esclavas”.

La fama de los camafeos se extendió hasta las clases sociales más populares, gracias a que la “concha” era un material mucho más barato que los utilizados hasta ese mo-mento, lo que popularizó su uso y producción, limitando el privilegio de llevar los ca-mafeos de piedras preciosas a la alta sociedad.

De esta época es una de las tiaras para mí más bellas de la realeza europea: “La tiara de Josefina Bonaparte”, la cual hace muy poco hemos podido ver lucir a la princesa Victoria de Suecia el día de su boda. Una pieza espectacular, con pendientes a juego, que ella lució con una sencillez y elegancia asombrosas.

Y así llegamos hasta el S. XIX. De esta época es de la que más constancia y herencia nos han quedado ya que proliferaron numerosos talleres, tanto en Italia como en Francia e Inglaterra, para la realización de camafeos en “concha”. Aunque también se utilizaron materiales como el ónix, lapislázuli, coral, ágata o marfil. Estos en menor medida ya que eran más caros.

Durante el primer periodo victoriano y la época romántica se hicieron muy famosos los camafeos de Minerva, Medusa y Bacchante.

Durante el S. XX proliferaron los camafeos de pasta y cristal. También fue muy corrien-te en esta época la realización de camafeos en oro bajo de 9 kilates o en plata con marquesitas.

En la actualidad podemos encontrar camafeos realizados en pasta y cristal montados sobre plata con marquesitas, pero los más antiguos siguen teniendo un encanto muy especial.

El camafeo, una joya que perdura en el tiempo…