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“La Exibición Erótica de la Muerte de Cleopatra”

4 Julio, 2014

Cuando Cleopatra conoció a Julio César en el 48 a. C., tan sólo era una joven de 20 años, frente a los 52 años del experto e inteligente general romano. A su muerte, en el 30 a. C., era invocada por los romanos como “regina meretrix”. En tan sólo 18 años, una sola mujer se granjeó el sobrenombre de “male nostrum” por parte del imperio más poderoso de la tierra, un enemigo común, alguien a quien destruir. Sin embargo, como una curiosa paradoja, la muerte de Cleopatra fue su última gran victoria.

A la muerte de Julio César, quedó establecido el segundo triunvirato. Tanto Octavio como Marco Antonio, en su lucha por controlar el imperio romano, diseñaron agresivas campañas de propaganda política. Octavio se presentaba como el garante de las buenas tradiciones romanas y, pese a que sería el primer emperador, como el defensor de la república que aborrecía la monarquía, que consideraba propia de bárbaros. En contra, para atacar a Marco Antonio, utilizó su relación con Cleopatra.

El general romano tan sólo era un gran hombre que había tenido la mala suerte de caer en las garras de una pérfida mujer que lo estaba manipulando. Esta reina, encarnaba todo lo malo que podía amenazar la unidad de Roma: era extranjera, representaba el poder monárquico y cometía la terrible falta de tener la suficiente independencia sexual como para elegir a sus amantes y tener sexo a su antojo. Todo valía para conseguir gobernar sobre la casi totalidad del mundo conocido, y el precio parecía pequeño: la reputación de una mujer. Esta es la imagen que fue recogida para la posteridad, y que ha sido copiada tanto en pintura como en literatura.

Guido Cagnacci 1658

 La imagen creada a través de estas campañas traspaso el tiempo, e influyó de manera decisiva en la representación de uno de los pasajes más representados de la vida de Cleopatra, el de su muerte. Según las fuentes antiguas, parece ser que un mensaje puso en conocimiento de la reina que en tres días sería conducida junto con sus hijos a Roma. Octavio pretendía llevársela y someterla a la humillación más grande: ser exhibida como trofeo de guerra en una procesión triunfal que se había organizado para celebrar su victoria en la guerra civil.

La gran reina acabaría sus días como prisionera política o ejecutada en un espectáculo público. Después de visitar la tumba de Marco Antonio, tomó un baño y una gran cena. Entregó un mensaje para que se lo diera a Octavio en el que pedía que cómo última voluntad que la enterraran junto a su amado, y se quedó con dos sirvientas, Charmian y Eiras. Octavio, al leer el mensaje, se dio cuenta de lo que iba a pasar. Mandó a toda prisa a los soldados, que empujaron a los ignorantes guardias que custodiaban las puertas de la habitación donde ya yacía muerta Cleopatra sobre un diván de oro. Eiras, ya había fallecido a sus pies, mientras que Charmian, a la cual le empezaban a hacer efecto el veneno, intentaba con gran esfuerzo colocarla la corona.

Guido Cagnacci 1662

 Uno de los pintores que quizá de manera más exacta representó ese momento fue Jean-André Rixens en “La muerte de Cleopatra” (1874). La reina y Eiras yacen muertas, mientras que Charmian, que la está colocando la corona, se gira ante el estruendo que arman los romanos al entrar en la habitación por la puerta del fondo a la izquierda. Sin embargo, un detalle no concuerda con lo que parece que fue la realidad y sí con la imagen que nos ha llegado de la reina: está desnuda.

Cleopatra se quitó la vida en el mausoleo de Alejandría y según relatan las fuentes, se hizo vestir con su atuendo de reina. Es decir, murió haciendo una afirmación de su estatus de gobernante de Egipto muy lejano a la imagen erótica que este pintor nos transmitió. Es por tanto del todo imposible, que alguien que lo había dado todo por su reino se despojara de su dignidad imperial y se desnudase ex profeso para suicidarse. Este tipo de imágenes son tan sólo una manipulación hecha a posteriori en la que el tema de la muerte de Cleopatra se usa como excusa para pintar un desnudo

 Si Rixens dentro de la moda del siglo XIX de exaltar lo oriental se había mostrado algo comedido, la pintura de los siglos XVI y XVII hizo caso omiso a la narración de la historia completa y centró su historia en ver a una Cleopatra bajo ese prisma erótico. Un ejemplo clave es “Cleopatra” de Guido Reni (c.a. 1630). La reina mira hacia arriba, y ha dejado un pecho al descubierto, hacia cuyo pezón se dirige la serpiente, causa supuesta de su muerte. La idea de ese cambio de dirección de la picadura de la serpiente para dirigirse a sus senos también comenzó en época romana. Los poetas de la era de Augusto, que siguieron escribiendo sobre Cleopatra, fueron incorporando nuevos detalles de su invención. Así Horacio nos decía que “con entereza coge las sierpes, y al pecho aplica las sucias bocas que la envenenan” (Oda XXXVII). La leyenda, aún muerta, seguía creciendo.

Guido Reni

 Plutarco (46-120) nos cuenta cómo Cleopatra ya había experimentado con distintos venenos en el invierno del 31 al 30 a. C. Su intención era probar el dolor que causaban en presos de causas capitales, dándose cuenta de que sólo la picadura de áspid provocaba una muerte sin convulsiones ni sollozos, como una especie de sopor dulce. Esa idea de reina cruel, impasible, que observa sin inmutarse como los presos mueren a expensas de sus terribles ensayos para su futura muerte, fue pintada por Alexandre Cabanel en “Cleopatra probando venenos con los prisioneros condenados” (1887).

 A pesar de esos relatos, la investigación actual duda que fuera un áspid introducido en una cesta de higos o tinaja, lo que produjera la muerte de Cleopatra. Es lo que aparece representado en la pintura de Rixens, a los pies del lecho de Cleopatra. Y no es algo en absoluto novedoso: el mismo Plutarco ya dijo que “nadie sabe la verdad de lo que pasó. Porque se dijo también que había llevado consigo veneno en una navaja hueca, y la navaja escondida en el cabello” (Antonio 86). En todo caso, se terminó dando por buena esta causa por dos marcas en el brazo que se le encontraron. Sin embargo, en la pintura de Guido Reni, nosotros prácticamente sólo podemos saber que estamos ante la muerte de Cleopatra por el áspid, al que se le ha añadido la marcada connotación erótica de que le va a picar el pezón, y no el brazo.

Jean-André Rixens

 A pesar de que hoy se contemple la posibilidad de que Octavio interviniera en su muerte, parece que oficialmente intentó mantenerla con vida. Solicitó la ayuda de unos psylli, famosos por su habilidad en curar chupando el veneno, pero era demasiado tarde. Sus antiguos biógrafos, insisten en la bondad del emperador al querer salvarle la vida, pero parece más que fue por el interés de poder exhibirla en ese famoso triunfo. De hecho en el mismo, que finalmente se celebró, se sustituyó a la Cleopatra de carne y hueso por una efigie de cera con un áspid en el brazo.

 Ese tipo de representación, de Cleopatra muriendo o agonizando con la serpiente enrollada en el brazo, fue muy popular, pero siempre insistiendo en la desnudez de la reina. Guido Cagnacci la representó así en diferentes variantes. Su “Cleopatra” de 1658 está sentada, con la corona puesta, desnuda de cintura para arriba, la serpiente enrollada en la mano derecha y ya muerta. Sus esclavas, un número excesivamente numeroso, la rodean entre sorpresa y lágrimas. En cambio, en su versión de 1662, se baja explícitamente el vestido con la mano izquierda dejando el pecho al descubierto, para dirigir el áspid que se enrolla en su mano derecha para que le pique en él. Guido Cagnacci dedicó parte de su actividad a la pintura de salón privado, que incluía desnudos de cintura para arriba de personalidades como Cleopatra, Lucrecia o María Magdalena. Son representaciones erotizadas, pero la diferencia con Cleopatra, imagen que repitió hasta la saciedad, es que no es una imagen o una muerte virtuosa.

Lucrecia prefirió la muerte al deshonor de haber perdido su castidad y María Magdalena es una arrepentida. Cleopatra no sólo no es una mujer casta, lo que le garantizaba mayor éxito en una fórmula que repitió hasta la saciedad, sino que además es la única que toma una decisión propia, por sí misma, y no en función de un hombre. La convirtieron así en un mero pedazo de carne para el placer solitario del hombre. Efectivamente, este tipo de representaciones se convirtieron en una imagen erótica de salón muy codiciada entre algunos seres del sexo masculino para los que su erotismo era un plus de excitación.

 Cleopatra fue una pieza clave para que Octavio, gran estratega y mejor diseñador de su imagen, para conseguir el poder. Se sirvió de la manipulación de la figura de la reina para hacerlo. Sabía que era mejor ser recordado por luchar contra extranjeros metidos en excesos que no contra sus propios ciudadanos, que era a fin de cuentas lo que estaba haciendo en una guerra civil. Cleopatra encarnaba todo lo opuesto a la mujer casta romana: se acostaba con sus hermanos, tenía hijos bastardos y convertía en amantes a romanos respetables.

Así, Cleopatra fue despojada de cualquier significado político, cuando los datos que nos llegan son precisamente un esfuerzo de afianzar su figura como reina. Su muerte, único acto reconocido por los romanos como de gran calidad moral, fue un acto gobierno. Fue su última gran victoria, con la que quitó a Octavio el triunfo final. Nada tuvo que ver con las representaciones totalmente erotizadas que nos han llegado. Murió como una reina, vestida como tal, muy lejos del icono que tanto Octavio como la pintura han intentado transmitirnos, y que tan distorsionada tenemos a día de hoy. Es una imagen afamada y en absoluto denostada, lejos de los anhelos iniciales propagandísticos romanos que con tanto interés intentaron trasmitirnos.

Artículo escrito por Ana Valtierra, Doctora en Historia del Arte especializada en mundo antiguo. Podéis seguir el trabajo de Ana a través de su página de facebook: Ana Valtierra

Este artículo es una versión del publicado por Ana en la Revista Adiós Cultural, de la que es colaboradora habitual. Podéis ver todos los número publicados en Revista Adios

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