Los “Floss” de Vintage By López-Linares

Ya hace muchos meses que venía pensando en ampliar nuestra colección de reproducciones de joyas con una línea de tocados de estilo Vintage. Pero no ha sido nada sencillo dar con lo que buscaba. Es cierto que soy demasiado exigente, y no cualquier pieza me parece indicada para entrar en nuestro espacio.

La casualidad quiso que hace unos meses llegara hasta mí esta fotografía, y al instante quedé prendada de su tocado.

¡Justamente lo que estaba buscando!

Una pieza elegante, atemporal y sencilla de llevar que podía ser muy fácilmente decorada con las múltiples piezas antiguas que tenemos en la tienda. Nuestra colección de brochecitos, pendientes, cintas, encajes, botones es tan grande, que los tocados eran una forma de sacar a la luz estás piezas que llevan años guardadas, a muy buen recaudo, en los cajones de la tienda.

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La bucólica imagen es una preciosa miniatura en acuarela sobre marfil, del artista inglés Reginald Easton (Inglés 1807-1893) y representa a Bessie Florence “Floss” Scarlett Gibson (1851-1934)

La joven está sentada frente a una playa de arena, vistiendo un traje en tono beige sobre camisa blanca y lazo anudado marrón, una rosa rosa, y su pelo castaño recogido bajo un pequeño tocado de piel de oveja, con un broche de diamantes. La pieza que nos ha iluminado y sugerido la mayoría de nuestros tocados.

Es muy curiosa y triste la historia que esconde esta delicada joven. Hija única de la Honorable Ruth Hester Frances Scarlett (1882-1943). Tras la muerte de su madre, Floss fue adoptada por su tía paterna, Jane Gibson y su marido Sir Percy Florence Shelley, que no habían tenido hijos propios.

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El 16 de febrero de 1871, Floss se casó con el teniente coronel Leopold James Yorke Campbell Scarlett (1847-1888), de la Guardia Escocesa. La pareja tuvo seis hijos y una hija. A Floss se le rompió el corazón varias veces en su vida, ya que sobrevivió a su marido y a cuatro de sus hijos.

El más joven, Leopold, lo perdió en el mar a bordo de un submarino australiano en 1914, a la edad de veintinueve años.

Sus últimos años los pasó casi aislada en Penenden House en Boxley, cerca de Maidstone. Su hija, Ruth y sus hijos Hugh, séptimo barón Abinger (1878-1943) y Percy (1885-1957) la sobrevivieron.

Hemos querido llamar a esta colección “Floss”, en honor a esta preciosa y valiente mujer que vivió su madurez en la Inglaterra de los años 20s.

5Los “Floss” de Vintage By Lopez-Linares nos acercan a esos años de lucha y rebeldía de la mujer.

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Tecla a tecla

En un capítulo de la serie House of Cards, el taimado Kevin Spacey debe escribir una carta de trascendental importancia y decide hacerlo en una Underwood que su padre le regaló. Vemos sus dedos golpeando cada tecla y cómo cada palabra va quedando impresa sobre el papel de modo casi solemne. No hay pantallas ni cables de por medio, sólo la tinta indeleble. Esta escena no hubiera sido lo mismo con un ordenador o un iPad. No se trata de renegar ahora de los avances tecnológicos pero sí de reivindicar ese algo mágico que hay en las palabras escritas que ya no pueden borrarse, en el olor de la tinta, en el sonido rítmico de las teclas marcando el papel.

La primera máquina de escribir que recuerdo era una Rheinmetall que había en casa de mis abuelos. Era portátil o al menos esa vocación tenía porque sus dimensiones y peso no la hacían fácilmente transportable. Mi abuelo, ebanista, le había hecho una funda de madera a medida en la que encajaba como un guante y, gracias a la cual, había atravesado el Atlántico desde Venezuela hasta llegar a España sana y salva.

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No portátil pero sí viajera, porque su origen era germano. La compañía que las fabricaba fue fundada en Dusseldorf a finales del siglo XIX, y en 1931 sacó su primera máquina de escribir, aunque su línea de negocio más floreciente era otra muy distinta. Pero aquella máquina no era mía, era de mi padre, que debió sospechar que lo de escribir no iba a ser una afición pasajera porque unos años más tarde me regaló una Canon Typestar 110.

Sé que la trajo de alguno de sus viajes y fue una auténtica revolución porque era electrónica y contaba con una pequeña pantallita que te mostraba la línea entera que habías escrito antes de volcarla al papel, lo cual minimizaba bastante los errores. Además, mis dotes de mecanografía habían mejorado a base de consumir paquetes y paquetes de folios El Galgo. Si bien era más práctica y ecofriendly, a la Canon le faltaba ese sonido rítmico y evocador que yo necesitaba cada vez que quería escribir algo mío. Para los trabajos del colegio era perfecta, pero las musas necesitan su propia banda sonora para ser conjuradas.

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Hoy guardo esas dos máquinas y no hace mucho se sumó a ellas una tercera, emblemática: Una preciosa Underwood (como la de Kevin Spacey aunque menos reluciente) que un amigo rescató del sótano de sus padres y que decidió regalarme. Creo que en aquel momento no fue consciente de lo que ofrecía a una mitómana literaria como yo. Era la que habían usado Kerouac, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Raymond Chandler, Arthur Conan Doyle… La de Orson Wells en Ciudadano Kane… Un auténtico tesoro que guardo en mi biblioteca rodeada de miles de libros porque creo que ese es su sitio y porque cuando siento que he perdido la batalla frente a la página en blanco (o más bien pantalla en blanco) acaricio con los dedos sus teclas tratando de invocar tan solo un ápice de las voces que tras ellas resuenan.

Porque las máquinas de escribir tienen algo mágico de lo que carecen los ordenadores. Si no, que se lo digan a Paul Auster que le dedicó un libro a su vieja Olympia. El autor de La trilogía de Nueva York o Diario de Invierno habla de ella como un devoto amante, de su compañía y sus encantadoras abolladuras y cicatrices, y cuenta que cuando sospechó que las cintas dejarían de fabricarse, encargó todas las disponibles a su papelería de Brooklyn y ahora las dosifica morosamente.

Es verdad que los modernos dispositivos tecnológicos nos han facilitado mucho la vida y también nos han dado bastantes sustos, o que levante la mano el que no ha estado al borde del infarto al cerrar sin guardar. Pero la escritura es un oficio artesano que requiere dosis de romanticismo y bastante de magia. El escritor es fetichista por definición y no hay mayor fetiche que una vieja y pesada máquina de escribir con su historia propia a cuestas, con las que pasaron por ella y con las que guarda silenciosa hasta que alguien decida trenzarlas.

Artículo escrito por María Cereijo, periodista y escritora. Podéis seguirla en @capitulosiete o en su alterego compartido de autora juvenil @LabAmy